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En la antigua Grecia,
un tipo se acercó a Sócrates
y le dijo:
—Oye, ¿sabes lo que acabo de oír
de tu colega Platón?
Y Sócrates, que no era
de perder el tiempo con mierdas,
le responde:
—Un momento.
Antes de seguir,
necesito que lo que
me quieres compartir,
pase la prueba
de los tres tamices.
El tipo se quedó
con cara de póker.
—¿Los tres qué?
—Son tres filtros muy simples.
Te explico:
La verdad.
—¿Sabes si lo que
vas a decir es cierto?
—No, lo escuché por ahí.
—Perfecto, ya empezamos bien.La bondad.
—¿Es algo bueno sobre él?
—No. Más bien todo lo contrario.
—Genial. Ni cierto, ni bueno.
Vas ganando puntos.La utilidad.
—¿Me sirve de algo
lo que me quieres contar?
—Pues… no creo.
—Entonces, crack,
lo que traes no vale
ni para envolver pescado.
Y lo dejó seco.
Porque hay una regla sencilla:
si lo que vas a decir no es cierto,
ni bueno, ni útil…
¡Cállate la boca!
Ahí tienes a Sócrates,
hace más de dos mil años,
aplicando de libro
lo que viene a ser un límite.
Lo curioso es que seguimos
cayendo en la trampa:
repetir lo que no sabemos,
criticar lo que no nos compete,
esparcir basura inútil.
En el judaísmo es uno de los
pecados más graves:
el chismorrear.
Eso sí, si quieres soltar veneno,
siempre tendrás un público hambriento.
Pero si quieres vivir más ligero,
hazle caso al griego
y no agarres todo lo que te lanzan.
Enseña a los demás que si
lo que tienen es basura,
simplemente no la quieres.
Con el tiempo ni lo intentarán.
Igual con un poco de suerte
desaparecen de tu vida.
El cotilla necesita su audiencia.
Y si te cuesta poner límites,
nosotros te enseñamos.
Nos leemos.
Javier A. Martín Ramos
CEO // Autor // Mindset Advisor
(Y experto en límites)





